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Exclusivo y artificial: los motivos por los que Borges nunca recibió el Nobel de Literatura

Libros

Por: pijamasurf - 01/12/2018

La Academia Sueca hizo público el informe del Comité Nobel de 1967, año en que Jorge Luis Borges tuvo la mayor probabilidad de recibir el galardón

El Premio Nobel, por sus propias características, es quizá uno de los reconocimientos más importantes que se otorgan a una persona (a veces también a instituciones) en el mundo occidental. Culturalmente está revestido de cierto aire de galardón máximo, como si se tratase de uno de los niveles más elevados que una persona pudiera alcanzar en su vida, específicamente, en su labor profesional. En ese sentido parece, como dice la locución latina, un non plus ultra, como si después del Nobel no hubiera ya nada más que hacer porque no hay premio más importante que recibir. 

Tal vez también por eso el Nobel no ha estado exento de polémica, en especial luego de que por sí mismo comenzó a ganar notoriedad, con particular frecuencia en los dominios de la literatura y la paz, categorías explícitas de este reconocimiento en las que, acaso por su propia naturaleza (subjetiva, social, política), los ganadores anunciados difícilmente pueden alcanzar un consenso absoluto entre la opinión pública. A veces el Premio Nobel de Literatura o de la Paz se anuncia con cierta conformidad generalizada, como si la elegida o el elegido suscitara una civilizada simpatía inicial que pocos sienten necesario quebrantar; a veces, sin embargo, la decisión de la Academia Sueca se considera a todas luces disparatada y por un tiempo su dictamen y aun su probidad se cuestionan, como si con la atribución del premio a tal o cual persona hubieran injuriado lo mismo al sentido común que a la cultura universal, o algo por estilo.

Tal es el caso, para muchos, de la omisión imperdonable que por tantos años sostuvo el comité del Premio Nobel contra Jorge Luis Borges, escritor de quien tantos (sobre todo en Argentina) clamaban porque se le otorgara el reconocimiento en el área de Literatura y que, para su decepción, murió sin que su nombre se sumara al de otros tantos escritores ilustres (y algunos no tanto) que lo habían recibido. Sobre todo en las últimas décadas de su vida (esto es, entre los años 60 y los años 80 del siglo XX), a Borges se le llamó no sin cierta sorna “el eterno candidato”, pues cada año aparecía entre los ganadores posibles de la presea que, dicho sea de paso, en esa época ganaron escritores como William Golding, Gabriel García Márquez o Eugenio Montale.

¿Por qué a Borges nunca se le concedió el Nobel de Literatura? Hay quien especuló que el motivo fundamental podría ser el encuentro que sostuvo el argentino con Augusto Pinochet en 1976, de cuyas manos aceptó un doctorado honoris causa de la Universidad de Chile y a quien incluso elogió tanto en su discurso de recepción como al salir de una entrevista privada que tuvo después con el dictador. En tanto el Premio Nobel también tiene una ideología que seguir y transmitir, se dice que este acto de Borges echó una sombra sobre la posibilidad de ser merecedor del premio, en la medida en que el comité nunca podría otorgárselo a alguien que demostrara así sea una simpatía mínima por un régimen totalitario, fascista o dictatorial.

No obstante, las razones también fueron literarias. Hace unos días, la Academia Sueca hizo del conocimiento público el expediente de los Premios Nobel de 1967, al parecer el único momento en que Borges tuvo las probabilidades más serias de obtener el galardón. 

Al final, el balance de la Academia no fue favorable para el argentino. De acuerdo con esta información “desclasificada”, Anders Osterling, entonces cabeza del comité del Nobel, rechazó a Borges por considerarlo “demasiado exclusivo o artificial en su ingenioso arte en miniatura”, un juicio parco que bastó para que ese año el reconocimiento se otorgara al guatemalteco Miguel Ángel Asturias, autor, entre otras obras, de El señor Presidente, una de las novelas fundacionales de un subgénero típicamente latinoamericano que narra la desventura de un país gobernado por un dictador.

Borges, en efecto, se encuentra en el punto opuesto del espectro literario, y algo de verdad llevan las palabras de Osterling. Aunque su genio y su cultura literarios son indiscutibles, ciertamente no será en su obra donde se encuentre esa exposición de las contradicciones humanas que a veces buscan explícitamente los académicos suecos que examinan a los candidatos para el Nobel.

Los personajes en Star Wars parecen olvidar pronto hechos históricos que son cercanos en el tiempo

***Este texto contiene información sobre la trama y los personajes de las películas de Star Wars, incluido el Episodio VIII***

Quien haya visto las películas de la saga Star Wars y esté al tanto de su historia y su cronología, sin duda se habrá dado cuenta de que los hechos que conforman la trama general transcurren en sólo dos generaciones: la de Anakin Skywalker y la de los hijos de éste, Leia y Luke Skywalker. 

Como se sabe, los episodios I al VI comprenden la historia de Anakin como “el Elegido”: su descubrimiento, sus años de gloria, su caída y su redención. En cuanto a la trilogía que inició con el Episodio VII y que está en desarrollo, si bien el personaje central es otro, tanto Leia como Luke participan aún en esa línea de tiempo, con un papel no del todo protagónico pero sí al menos de cierto magisterio o preponderancia, entre la autoridad moral y el tutelaje que se le reconoce a personas que, como ellos, poseen experiencia, conocimiento e incluso un linaje especial.

Si lo pensamos en términos reales, dos generaciones del tipo padre o madre e hijos suelen comprender cerca de 100 años. Si una persona tiene su primer hijo a los 30 años y éste vive al menos 70, entre ambos habrán testimoniado los hechos de un siglo de historia que, por otro lado, si bien es una cantidad de tiempo importante, hasta cierto punto nos puede parecer asequible o hasta un poco cercana. Así, por ejemplo, cuando nuestros padres nos cuentan historias de su juventud, aunque pertenecientes ya al pasado, al escucharlas no tenemos necesariamente la sensación de que hayan ocurrido en un tiempo remoto, sino más bien lo opuesto: podemos reconocer aún los lugares de los que nos hablan, identificar a ciertas personas, percibir la continuidad de los hábitos o las costumbres, etc.

En el universo Star Wars, sin embargo, la percepción del tiempo parece ser otra, en particular la del tiempo de los hechos que podríamos denominar “históricos”, los cuales, según podemos inferir por la forma en que algunos personajes se expresan sobre éstos, aun cuando se encuentran dentro de ese periodo de una misma generación señalado (la del padre o la del hijo, o el lapso en que éstas coinciden), se perciben como pertenecientes a un tiempo distante.

En el Episodio IV, las alusiones a los Jedi y la Fuerza suelen estar acompañadas de un cierto desdén hacia lo antiguo. En el episodio III, la “tragedia de Darth Plagueis ‘El Sabio’” que el canciller Palpatine cuenta a Anakin parece provenir de una época sumamente anterior (por más que Plagueis haya sido maestro de Sidious). Ese peculiar fenómeno es un tanto más evidente (y menos sujeto a la polémica) en la nueva trilogía, en donde Luke Skywalker y todo lo relacionado con los Jedi tienen un tinte legendario. En el Episodio VII Rey incluso llama a Luke “un mito” y, en otra escena, Han Solo pronuncia un discurso que por las palabras que usa y la actitud que toma, lo hace ver a él mismo como un sobreviviente de una época increíble. O, mejor dicho, olvidada.

El olvido es el concepto clave en esa peculiar percepción del tiempo histórico en el universo de Star Wars. Los personajes parecen considerar remotos ciertos hechos más o menos cercanos en el tiempo porque, en general, parece existir una tendencia común al olvido, un olvido social u olvido histórico, podría decirse, con cierto eco de las categorías que se usan en los estudios y las políticas públicas que tienen como propósito preservar la memoria colectiva de ciertos hechos (migraciones, tiempos aciagos, matanzas, etc.).

De nuevo, la escena de Han Solo y Rey abordo del Halcón Milenario es sumamente elocuente al respecto: el antiguo contrabandista es una de las personas que atestiguaron los hechos de dos generaciones, la suya (que correspondería más o menos a la misma que la de Anakin Skywalker/Darth Vader) y la de de Luke, a quien conoció y acompañó. Han, en este sentido, sería como uno de esos amigos de la familia o primos mayores que no es lo suficientemente viejo para tener la edad de nuestros padres ni lo suficientemente joven para tener nuestra edad. Con todo, al relatar el intento fallido de Luke por restaurar la Orden Jedi, su huida y su desaparición, la historia tiene la apariencia de haber ocurrido cientos de años atrás, en un pasado remoto, y no apenas diez o quince años antes, en la adolescencia de Ben Solo.

Aunque todo esto es ficción, existe un rasgo muy específico del universo Star Wars que podría esgrimirse como causa de esa forma tan singular con que en la saga (y especialmente en la nueva trilogía) se experimenta el tiempo colectivo y dicho rasgo es la ausencia de cultura escrita. 

En un libro y un par de artículos, el escritor y columnista Ryan Britt ha notado que, en todas las películas de Star Wars, nadie lee nunca nada, ni un libro ni una revista y ni siquiera algo que se les semeje, así sea vagamente a un periódico. Se dirá que así es la ciencia ficción, género en el cual está permitido e incluso es necesario distanciarse tanto como sea posible o se desee de la realidad que todos conocemos y vivimos.

Sin embargo, en el caso de Star Wars, parece ser que existe una intención manifiesta de privar a sus personajes y el universo en general de la cultura escrita. Según Britt, en varias entrevistas y libros publicados en la década de 1990, George Lucas aceptó que Star Wars se pensó desde el inicio y a propósito como un “universo sin papel”.

El Episodio VIII es el primero en la saga en que se muestran libros a cuadro. Se trata de una media docena de tomos encuadernados rústicamente, visiblemente viejos o maltratados que, según Luke, compendian las enseñanzas y la sabiduría de la Orden Jedi. Con todo, éstos parecen resultar destruidos en el incendio que Luke dudó en iniciar pero que el espíritu de Yoda propaga con alegría y entusiasmo. El milenario Maestro Jedi no da mucha importancia a los libros y se da tiempo para insinuar que Luke, que decía tenerlos en una elevada consideración, no fue devoto de su lectura (en sus textos, Britt asegura que lo más probable es que Luke Skywalker y la mayoría de los seres vivientes en el universo Star Wars no sepan leer ni escribir).

¿Qué implicaciones tiene esta característica del universo Star Wars? Entre otras, el efecto sobre la memoria colectiva de la historia, la cual, de vuelta a la realidad, sabemos que tiende a experimentarse de otra forma cuando mediante el registro más o menos atemporal que brinda la cultura escrita. 

“Los libros rompen las ataduras del tiempo”, dijo Carl Sagan en el que quizá sea uno de los elogios más emotivos y precisos que se hayan hecho a la cultura escrita. En la perspectiva del científico (que comparten otros estudiosos de la cultura del libro o la escritura como Roger Chartier, por citar un ejemplo), los libros están vinculados íntimamente con la memoria colectiva de la humanidad porque son capaces de trascender generaciones y, mientras no se pierda la capacidad de codificarlos, su mensaje pervive. Si sentimos cercano un recuerdo de juventud que nuestro padre nos cuenta, en parte también es porque gracias a la cultura escrita (y otras formas de la preservación) tenemos el referente de épocas verdaderamente remotas: el siglo XVII, la Antigüedad Clásica, los días del Imperio Romano, etc. Eso es antiguo para nosotros y gracias a dicha relativización podemos comparar entre un periodo y otro y tener una percepción clara al respecto.

En el universo de Star Wars, sin embargo, parece ser que la ausencia de libros vuelve inexistente la noción de memoria colectiva. Los personajes olvidan pronto –incluso lo que pasó apenas en la generación anterior, o hace una o dos décadas– porque no parecen practicar el registro y la conservación con el empeño con que éstos se emprenden en la realidad real. La gente parece vivir al día, sumida de lleno en su cotidianidad, sin mayor contacto con el mundo exterior, con lo que ocurre en otros planetas o, más notorio aún, con el devenir de las instancias políticas que de todos modos llega a tener algún efecto en su vida. 

Sobre esto último, quisiera comentar brevemente que como espectador, tanto al final del Episodio IV como del VI (y en menor medida del Episodio III), he tenido la sensación de que los triunfos de la Alianza Rebelde o de los Sith, aunque aparentemente importantes y decisivos para “el futuro de la galaxia”, tienen cierto aire intrascendente al pensarlos desde la perspectiva de Tatooine o cualquier otro de esos planetas miserables y lejanos. De hecho, la transición misma de República a Imperio y de vuelta a una República (defenestrada ésta también en la nueva trilogía), se antoja un tanto irrelevante para esa gente que, en términos generales, parece haber vivido los últimos 20 o 30 años de su vida de la misma manera. 

Un lugar común asegura que conocer los hechos del pasado nos previene frente a la posibilidad de volver a cometerlos o, en un sentido parecido, que los pueblos que no conocen su Historia están condenados a repetirla. Aunque estas afirmaciones podrían debatirse, es posible aceptar que la cultura escrita da al tiempo otra densidad. Leer y escribir son dos actividades que nos hacen experimentar de otro modo el paso del reloj y el efecto de éste sobre nuestra existencia. Como escribió Sagan, los libros nos ponen en contacto con los personajes más destacados de todos los tiempos, lo cual, además de que en sí mismo ya es sorprendente y estimulante, nos hace descubrir también la maleabilidad del tiempo, su flexibilidad inesperada y acaso desconocida, la capacidad nuestra de trascenderlo e ir de un momento a otro de la historia para después volver a nuestro presente y comenzar a experimentarlo de otra manera, según lo aprendido en esos viajes momentáneos que nos permiten los libros.

¿Cómo sería el universo Star Wars si los libros, los periódicos, las revistas fueran objetos corrientes y de uso cotidiano? Tal vez se parecería un poco más al nuestro. Tal vez los Jedi y lo Sith harían campañas políticas en vez de complots y sesiones de consejo en una sala aislada y protegida. No es posible saberlo. En nuestro mundo, la alfabetización suele estar ligada a una mejora general en la calidad de vida y más aún cuando ésta se sostiene y se convierte en la cultivación del saber o escolarización, ¿pero en una galaxia muy muy lejana será igual?

Si algo nos brinda la cultura de lo escrito es un medio para poner distancia frente a nuestra cotidianidad –pausarla, interrumpirla, mirarla de lejos–, de modo tal que su peso no nos agobie ni nos aplaste y, por otro lado, nos permita comprenderla mejor. Ofrece instantes de reflexión y divagación en los que la percepción se nutre con saberes propios y ajenos. Si de la lectura se dice que es una válvula de escape, no es sólo porque permite a alguien distraerse de su vida cotidiana, sino también porque le permite imaginar otras posibilidades, tener otras ideas, dudar, preguntarse, salir por un instante de lo que es y parece que está destinados a ser. Cabe suponer que esto sucede así en cualquier persona, sea Sith, Jedi o granjero de Tatooine.

 

Twitter del autor: juanpablocahz

Del mismo autor en Pijama Surf: Quien trabaja mucho no trabaja arduamente: Thoreau sobre un trabajo significativo y no sólo productivo