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Mario Vargas Llosa y Octavio Paz discuten la 'dictadura perfecta' en un programa de Televisa (VIDEO)

Política

Por: pijamasurf - 06/05/2017

En 1990 Vargas Llosa sentenciaba, memorablemente, al gobierno del PRI como una 'dictadura perfecta' en un programa de Televisa

Era 1990 y el discurso neoliberal que estaba impulsando el poder en México predicaba una nueva apertura. En un programa de Televisa, Mario Vargas Llosa hizo una intervención que pasaría a la historia, por calificar al gobierno del PRI como "una dictadura perfecta". Mientras Vargas Llosa hablaba, Octavio Paz se mostraba compungido, visiblemente perturbado por las palabras del otro, e igualmente Enrique Krauze, quien se convertiría en el intelectual de cabecera de Televisa. Las palabras de Vargas Llosa fueron retomadas por algunos intelectuales de izquierda y medios como Proceso. No hay duda de que en muchos aspectos fueron muy atinadas. Por otro lado, es oportuno mencionar que el mismo Vargas Llosa ha tenido una carrera literaria muy ligada a la política, particularmente al neoliberalismo y se ha ganado muchas críticas, especialmente entre defensores de movimientos sociales de izquierda, y ciertamente no se puede hablar en él de un gran compromiso moral con la igualdad y la justicia, que él mismo denunciaba en México como del todo ausentes. Intelectuales brillantes que, sin embargo, han preferido el cobijo del Estado (ya sea en casa o en el exilio, como es el caso de Vargas Llosa en España) y los beneficios económicos de no ser demasiado incómodos. 

A la aseveración de Vargas Llosa de que México era una dictadura perfecta, Octavio Paz sintió necesario precisar. Lo que había en México era un sistema hegemónico de dominación de un partido, considerando que "no se puede hablar de dictaduras, no es una dictadura militar... Ni una dicta blanda ni una dicta dura", dijo Paz.

Es un diálogo imperdible, verdaderamente histórico. Cualquier parecido con la actualidad es mera coincidencia.

A continuación, una transcripción de lo que dice Vargas Llosa:

Quisiera comentar brevemente la brillante exposición de Octavio El dice que en distinción que yo hice de la transición hacia formas abiertas de sociedad en América Latina, no encontraba el caso de México. Y al describir Octavio el caso de México, en cierta forma me parece que ha exonerado a México de lo que ha sido la tradición dictatorial latinoamericana. Yo no creo que se pueda exonerar a México de esa tradición de dictaduras latinoamericanas. Encaja en esa tradición con un matiz que es más bien el de un agravante: México es una dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo, no es la URSS, no es Fidel Castro, la dictadura perfecta es México. Porque es la dictadura camuflada. De tal modo que puede parecer no ser una dictadura, pero tiene de hecho, si le escarbas, todas las características de la dictadura; la permanencia, no de un hombre, pero sí de un partido inamovible, que concede cierto espacio para la crítica en la medida que esta crítica le sirve, pero que suprime por todos los medios, incluso los peores, aquella crítica que de alguna manera pone en peligro su permanencia. Yo no creo que haya en América Latina ningún caso de sistema de dictadura que haya reclutado tan eficientemente al medio intelectual sobornándolo de una manera muy sutil, a través de trabajos, de nombramientos, de cargos públicos, sin exigirle una adulación sistemática como hacen los dictadores vulgares, pidiéndoles más bien una actitud crítica para garantizar la permanencia de ese partido en el poder. Un partido, de hecho, único. Es una dictadura, puede tener otro nombre, sui géneris, pero tanto es una dictadura que todas las dictaduras latinoamericanas han tratado de crear algo equivalente al PRI en sus propios países. Es una dictadura, no sólo en lo que se refiere a la permanencia del poder, a la falta de una genuina democracia interna sino también en su incapacidad para realizar la justicia social. Creo que es muy importante que también en el caso de México se diga que aquí se vivió y se ha vivido durante décadas, con matices muy particulares el fenómeno de la dictadura latinoamericana. Nosotros, como estoy seguro, lo quieren los demócratas mexicanos, queremos que esta democracia y liberación vaya hasta sus últimas consecuencias.

Por qué lo que estamos viviendo se parece más a 'Un mundo feliz' de Huxley que a '1984' de Orwell

Política

Por: pijamasurf - 06/05/2017

Aldous Huxley tenía razón

Ante las experiencias traumáticas de los regímenes totalitarios del siglo XX, el libro 1984 de George Orwell --debido a su representación del Estado tiránico como el represivo y ominpresente Gran Hermano-- se convirtió en el texto distópico de cabecera que advertía los peligros de lo que podría ocurrir con una mezcla de abuso de poder, tecnología y supresión de la libertad y la información. Ante el primer atisbo de represión, vigilancia y control del Estado se cantaba con alarma el término Gran Hermano. Y si bien ciertamente hay algo de esto actualmente, la distopía que más se acerca a predecir y a darnos herramientas para entender lo que estamos viviendo hoy en día es Un mundo feliz de Aldous Huxley. Esto fue previsto con gran claridad por el escritor y analista de medios Neil Postman en 1985, en su libro Amusing Ourselves to Death (Entreteniéndonos hasta la muerte).

El sistema esbozado en el texto de Orwell se basa en la censura, la represión de los movimientos de oposición y sobre todo en la anulación de la individualidad, mientras que el de Huxley trata de, en palabras de Andrew Postman (el hijo de Neil), "una burbuja de gratificación instantánea, tecnología sedativa y consumo exacerbado". Mucho más parecido a lo que estamos viviendo en la sociedad occidental de Facebook y Donald Trump. No un control estilo "la bota en la cara" sino algo más parecido a la apatía, la dispersión y el desinterés producido por la distracción y el egoísmo de la cultura del entretenimiento. Como sugiere Neil Postman, en nuestra sociedad no es necesaria la represión de un movimiento político porque la realidad como entretenimiento nos coloca en un estado de pasividad, indolencia e ignorancia que nos hace inofensivos para el sistema. Postman escribió:

Lo que Orwell temía era que se prohibieran los libros. Lo que Huxley temía era que no hubiera razón para prohibirlos porque nadie querría leer uno. Orwell temía a aquellos que nos privarían de la información. Huxley temía a aquellos que nos darían tanto que nos reducirían a la pasividad y al egoísmo. Orwell temía que la verdad sería ocultada de nosotros. Huxley temía que la verdad sería ahogada en un mar de irrelevancia. Orwell temía que nos convertiríamos en una cultura captiva. Huxley temía que nos convertiríamos en una cultura trivial. 

Es difícil definir mejor lo que nos está pasando actualmente que como lo hizo Postman hace más de 30 años y, por supuesto, Huxley hace 80. En este solo párrafo está el narcisismo y el hiperindividualismo de la era digital, el mundo de las noticias falsas y de la posverdad, la burbuja de los filtros, el infotainment y demás malestares de la cultura de nuestros días, los cuales están zurcidos invisiblemente al tejido de la normalidad. 

En su texto "La propaganda en una sociedad democrática", Huxley escribió:

En lo que respecta a la propaganda, los primeros defensores del alfabetismo universal y de la prensa libre advirtieron sólo dos posibilidades: que la propaganda sea verdad o que sea falsa. No previeron lo que en realidad ha sucedido, sobre todo en nuestras sociedades occidentales capitalistas: el desarrollo de una vasta industria de comunicación masiva, que no lidia ni con lo falso ni con lo verdadero, sino con lo irreal, lo que es casi siempre totalmente irrelevante.

[...] Pero incluso en Roma no había nada comparado con el sinfín de distracciones que proveen los diarios, las revistas, la radio, la televisión y el cine. En Un mundo feliz las distracciones sin cortes de la naturaleza más fascinante [the feelies: películas también táctiles, orgy porgy, sexo grupal bajo la influencia de las drogas, centrifugal bumblepuppy, una futurista versión de espirobol] son deliberadamente usadas como instrumentos de política pública, con el propósito de impedir que las personas presten mucha atención a las realidades de la situación social y política. El otro mundo de la religión es diferente al otro mundo del entretenimiento; pero se asemejan en que decididamente "no son de este mundo". Ambos son distracciones y, si se viven continuamente, pueden volverse, como en la frase de Marx, "el opio del pueblo" y, por consiguiente, una amenaza a la libertad. Sólo los que vigilan pueden mantener sus libertades y sólo los que están constante e inteligentemente en el aquí y en el ahora pueden autogobernarse efectivamente por procedimientos democráticos. Una sociedad cuyos miembros pasan buena parte de su tiempo no en el presente, no en el aquí y en el ahora y en el futuro calculable, sino en otro lugar, en los otros mundos irrelevantes del deporte y las telenovelas, de la mitología y la fantasía metafísica, encontrará difícil de resistir las invasiones de aquellos que controlan y manipulan a la sociedad.

En su propaganda los dictadores de hoy dependen fundamentalmente de la repetición, supresión y racionalización —la repetición de eslóganes que desean que sean aceptados como verdad, la supresión de hechos que quieren que sean ignorados y la estimulación y racionalización de pasiones que pueden ser usadas en el interés del Partido o del Estado. Al tiempo que el arte y la ciencia de la manipulación son mejor entendidas, los dictadores del futuro indudablemente aprenderán a combinar estas técnicas con las distracciones interminables que, en Occidente, amenazan con ahogar en un mar de irrelevancia la propaganda racional esencial para mantener las libertades individuales y la supervivencia de las instituciones democráticas.