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Esta editorial islandesa sólo imprime libros en luna llena... y luego los quema

Libros

Por: pijamasurf - 06/01/2017

La editorial Tunglio publica libros sólo en noches de luna llena; los que no vende los quema ahí mismo, haciendo una detonación de energía editorial, como una especie de supernova literaria

La editorial islandesa Tunglio (la palabra significa "luna") tiene la peculiar costumbre de editar sus libros solamente en las noches de luna llena. Imprime 69 libros solamente y los que no se venden son quemados in situ. Según dijeron a The Guardian los directores de esta editorial, el escritor Dagur Hjartarson y el artista Ragnar Helgi Ólafsson, "la editorial consume toda la energía de la publicación en unas pocas horas en vez de esparcirla por varios siglos... Por una gloriosa velada, el libro y su autor están completamente vivos. Y después, al siguiente día, todos pueden seguir con sus vidas". La editorial es también claramente un ensamble de arte performático, y quizás algún tipo de magia ritual ocurre también en las llamas de los libros con la luna.

Para Tunglio quemar los libros nada tiene que ver con la censura sino, según ellos, con el arte mismo de hacer libros y con la energía que se genera y consume en estas noches. Queman sus libros con cuidado y elegancia, utilizando sólo un coñac muy fino para alimentar el fuego. Ante la crítica de que quemar libros es un acto antidemocrático, responden que democrático no significa "abundancia ilimitada y suministro ilimitado, sino un proceso justo". Argumentan que sus libros son baratos, no pueden ser preordenados y nadie puede adelantarse en la fila para acceder antes a ellos.

La noche de la publicación se convierte en un acto de liberación. "La energía de la publicación se condensa y amplifica. Mucho de la espera, duda y preocupación", que acompaña a la publicación de un libro y la misma autopromoción son eliminadas. 

La destrucción también es un arte, y, paradójicamente, el combustible de la creatividad.

Woolf nos lleva por pensamientos y observaciones, diálogos internos, pero sobre todo nos aligera recordándonos: es normal que sientas, ponle nombre.

Las vanguardias de inicios del siglo XX impregnaron todas las artes (y las artes se impregnaron mutuamente, todas). En la literatura, personajes como James Joyce o Marcel Proust hicieron eco del monólogo interno, ese al que ya nos había acercado Dostoyevski en Crimen y castigo, aunque en tercera persona.

Como un resurgimiento de la importancia de lo que ocurre allí dentro (como fugaz renacimiento del romanticismo) estos autores reivindicaron el valor de la percepción de cada uno, que confiere un ángulo distinto, y entender parte del mosaico perceptual es imprescindible. En esta tradición literaria, aparece como parte del modernismo de inicios de siglo Virginia Woolf.

Sin ningún tipo de complejo de género por los roles asignados (y parecer sentimental), Woolf irrumpió para decirnos: las emociones importan, mucho, muchísimo, son como el segundo velo en el proceso perceptivo, incluso, muchas veces, antes quizá que la razón. En Al faro y Las olas, dos novelas extremadamente visuales a pesar de no suceder mucho en la trama (siguiendo la tendencia modernista) Woolf nos enseña a darle su lugar a las emociones; independientemente de que las bloqueemos, neguemos o aceptemos, siempre llegarán a presentarse para platicarnos sobre nuestra personalidad en el complejo y hermoso proceso de percepción del mundo.

La extraordinaria habilidad de Woolf para ponerle palabras a eso que el personaje siente es asombrosa, y hace que uno se sienta acompañado y encuentre la sana normalidad en el mundo de las emociones. Es como si uno percibiera, sintiera, y luego pensara, contrario al proceso de percepción donde la información se procesa inmediatamente por medio de la razón.

Woolf nos anima y nos hace entender que las emociones tienen derecho a su lugar y a que luego ahondemos en ellas (quizá escribiendo para nosotros mismos), con el fin de acercarnos a entendernos a nosotros mismos, pues, de cualquier modo, siempre es esto lo que estamos haciendo.

Ciertamente no hay razón para entregarse a las emociones del todo, ya que siempre hay que volver al presente, pero es cierto que en esta época en que se nos invita (obliga) incansablemente a estar alegres, quizá sea tiempo de dejar de sentirnos anormales por sentir otras emociones (incluso sanas para la psique, por cierto).

Woolf nos invita a verlas de frente, a comprender por qué están ahí, y nos devuelve los colores de cada día pasando por sus luces, sombras, y hermosa variedad cromática:

El señor Ramsey los miraba enfadado. Era una mirada colérica, pero no los veía. Eso los hizo sentirse vagamente incómodos. Habían visto juntos algo que se supone que no deberían haber visto. Habían invadido la intimidad de alguien. Y eso obligó al señor Bankes a decir casi a continuación que estaba sintiendo frío, y le propuso que fueran a dar un paseo, pero Lily pensó que se trataba de una excusa para irse, para alejarse donde no se oyera nadie. Sí, aceptó, pero le costó separar la mirada del cuadro.

(Al Faro)

 

Veo un anillo suspendido encima de mí–dijo Bernardo. […] Veo un charco amarillo pálido–dijo Susana […] Oigo un ruido–dijo Rhoda, pero el ruido de la aldaba que ha sido quitada a la puerta del servicio los ha hecho volar, dispersados como una flecha de semillas.

(Las olas)

 

En el intercambio con los otros, ¿no estamos siempre decodificando nuestras emociones y las del receptor? En este mundo que invita a la simulación de la perfección, volvamos al presente, y demos su nombre a las emociones para comprender más la personalidad de uno, inacabable, siempre en formación, y siempre dispuesta a expandirse cuando vuelve al ahora.

 

Twitter de la autora: @AnaPauladelaTD