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Una hipótesis sobre la función de los sueños, no adherida al materialismo científico sino a las tradiciones espirituales y particularmente al yoga tibetano de los sueños.

Debes ver este mundo como algo pasajero,

como una estrella en la mañana, una burbuja en un arroyo,

un relámpago o una nube de verano,

un destello parpadeante, un espectro, un sueño.

Sutra Diamante

El estado R.E.M en el que se presentan sueños vívidos es un misterio para la ciencia. Dormir es biológicamente necesario y cumple con una función más o menos obvia, pero soñar es distinto; en primera instancia no tiene una explicación evolucionista muy clara. Es un tanto extraño, ¿por qué los seres humanos y algunos animales cuando duermen experimentan realidades alternas, todas las noche su cerebro se convierte en un proyector holográfico de películas con una narrativa ilógica? Algunos científicos simplemente sugieren que los sueños son caóticos disparos de actividad neuroeléctrica que preparan al individuo para el descanso del sueño profundo. Esta explicación ciertamente no nos dice mucho y muestra la misma incapacidad que caracteriza a la ciencia materialista en su explicación de la conciencia, la cual también suele explicarse como un accidente de la complejidad de la materia. Una explicación que es totalmente insatisfactoria para la mayoría de los seres humanos, ya que, a la luz de la experiencia directa, los humanos suelen pensarse como primordialmente una conciencia que experimenta el mundo de cierta forma. La conciencia es lo primero, la esencia, el sine qua non de toda experiencia, y por lo tanto de todo lo que podemos decir y pensar de la realidad. "Debemos recordar que nuestro conocimiento del mundo empieza con la percepción, no con la materia. Estoy seguro de que mi dolor existe, porque mi 'verde' existe, y mi 'dulce' existe. No necesito prueba de su existencia, porque estos eventos son parte de mí; todo lo demás es una teoría", dice en un excelente ensayo sobre la conciencia el físico de la Universidad de Stanford Andrei Linde, uno de los pocos científicos no materialistas dentro del mainstream de la ciencia. 

Existen, por supuesto, varias teorías científicas sobre por qué soñamos, ninguna aceptada completamente, aunque algunas más interesantes que el reduccionismo de que el soñar es algo que se produce aleatoriamente en el transcurso de la evolución, un epifenómeno de la materia que no tiene ningún significado. Teorías más o menos recientes han considerado la posibilidad de que los sueños tienen la función de ayudar a procesar emociones, crear escenarios para que ensayemos soluciones a problemas y consolidar aprendizaje. La psicología, a partir de Freud, ha concebido a los sueños como irrupciones de material inconsciente que puede usarse pare entender los procesos de la psique, las motivaciones y deseos ocultos que dominan nuestra vida sin que seamos conscientes de ello. Jung, por ejemplo, entendió que los sueños podían usarse para sanar e integrar la psique y contenían, como si fuere, una mensajería del alma codificada en un lenguaje simbólico. En esto no es del todo original; filósofos antiguos vieron el mundo onírico como un reflejo de la espiritualidad, un tema común a todas las religiones; el neoplatónico Sinesio, por ejemplo, consideró que los sueños podían trabajarse y purificarse para reflejar, al volverlos un límpido espejo, el mundo divino.  

Haciendo una lectura freudiana, pero fincada en la neurociencia, el profesor Patrick McNamara cree que todos los sueños tienen un fundamento sexual. McNamara ha notado una correlación entre la capacidad de recordar los sueños y la avidez por tener una pareja o también con problemas o agitaciones en relaciones de pareja. McNamara sugiere que los sueños de alguna manera influyen en nosotros para colocarnos en un estado más propenso a la reproducción (y se encuentra haciendo un experimento sobre la posible relación entre capacidad de recordar un sueño y la fertilidad).

Ahora bien, esta hipótesis parte de un fundamento totalmente materialista e implica que la biología (los genes) utilizan e incluso manipulan al ser humano de diversas formas para conseguir que éste se reproduzca y a eso se resume toda su existencia, sin que tenga otras capas de significado más sutiles (esta misma es la explicación científica de por qué nos enamoramos: otra ilusión a la cual nos somete la biología). Así soñamos para que nuestros genes de alguna manera nos hagan una especie de programación mental que nos haga querer tener sexo. La hipótesis de McNamara no me parece completamente descabellada, pero me parece que se queda corta y no logra comprender la profundidad de lo que es el ser humano, el cual no es solamente un saco de huesos y tripas --una especie de robot orgánico-- controlado por nanoprocesadores de información genética, los cuales, en sí mismos son ciegos y no tienen ningún sentido de propósito, pero dirigen nuestra existencia inexorablemente. Falta, por supuesto, la dimensión espiritual del ser humano. Y es desde aquí donde podemos entender la función de los sueños.

A diferencia de la visión materialista-evolucionista, para diversas tradiciones religiosas, la conciencia no es el resultado de la evolución de la materia, sino que la materia es causada por la conciencia; los científicos materialistas creen que la conciencia es una ilusión que genera la materia; de manera exactamente opuesta la filosofía espiritual de tradiciones como el budismo o el hinduismo o el platonismo cree que la materia es el espejismo de la conciencia, la percepción errónea de la realidad que se genera por la ignorancia. Así entonces la conciencia está en el principio de la evolución y la evolución no es más que un regreso a o un reconocimiento de la naturaleza original que es la conciencia. En este sentido la evolución es también una ilusión, o una verdad relativa que sólo existe mientras prevalece la ignorancia de la condición original que es la conciencia pura (la palabra awareness es inglés es más precisa, en tibetano rigpa, aún más). Así podemos hablar de una función evolutiva de los sueños desde una perspectiva relativista solamente: los sueños ayudan a reconocer la condición original mostrando la naturaleza ilusoria de los fenómenos, los cuales son tomados como reales, sustanciales y separados en una dualidad sujeto-objeto. Los sueños, como creen algunos científicos, sí son escenarios para resolver problemas y ensayar hipótesis, y el conocimiento que revelan es el de que el mundo que experimentamos es producido por nuestra mente. La inquietante pregunta que se produce naturalmente en el soñador, quien reconoce al despertar que lo que soñó fue producido por su propia mente, es sí el mundo aparentemente externo e independiente que llamamos vigilia no es también dependiente a su mente, de ciertas causas y condiciones que no pueden separarse de su propia mente y sus actividades mentales pasadas (o, según el budismo, su karma). Y entonces una luminosa posibilidad, una pregunta y un anhelo ¿podría cesar todo el peso opresivo de la realidad de la vigilia cuya naturaleza esencial parece ser la insatisfacción, si, de la misma manera que en los sueños, sólo notamos que nosotros estamos produciendo los fenómenos que percibimos como externos con nuestra menta? Esta es en gran medida la pregunta que brota espontáneamente en el famoso sueño de Chuang Tzu: 

Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.

Esta duda ontológica es algo que ocurre naturalmente, no es el resultado de una elaboración filosófica compleja; si nos puede parecer radical es sólo porque estamos muy acostumbrados a tomar el partido de la vigilia. Creemos que la vigilia es real porque supuestamente está poblada de objetos independientes y sólidos que pueden ser verificados por las demás personas. Sin embargo, todas las cosas que vemos las vemos solamente a través de nuestra conciencia, no en sí mismas, son una interpretación, no algo que tenga existencia intrínseca ("la materia es una opinión, la sustancia un rumor", ha dicho David Chaim Smith). Y aunque las personas puedan más o menos coincidir que ven lo mismo que nosotros en sus descripciones conceptuales de los objetos, no sabemos realmente si ven lo mismo que nosotros, sólo que tienen conceptos similares para describir las cosas que vemos. No hay forma de transferir experiencia porque siempre vemos nuestra propia conciencia. El maestro budista y físico, Alan Wallace explica:

Los sueños lúcidos proveen el escenario ideal para examinar la naturaleza esencial de los sueños y la realidad y la relación entre el estado de sueño y la vigilia. Según investigación científica, la principal diferencia entre los sueños y la imaginación y la percepción de la vigilia, es que las experiencias de la vigilia son directamente excitadas por los estímulos del mundo externo, mientras que la imaginación y los sueños son creaciones irrestrictas, libres de las influencias físicas y ambientales. Para el pensamiento budista, sin embargo, la ciencia occidental sólo cuenta la mitad de la historia. El budismo y la ciencia, ambos, están de acuerdo en que aunque objetos visuales, sonidos y sensaciones táctiles del mundo alrededor parecen existir allá afuera, no tiene existencia separada de nuestra percepción consciente de ellas. Pero el budismo añade que la masa, energía, espacio y tiempo como son concebidos por la mente humana, tampoco tienen existencia separada de nuestra conciencia conceptual de las mismas --no más que nuestros sueños cada noche–. Todas las apariencias existen sólo en relación a la mente que las experimenta, y todos los estados mentales surgen en relación a los fenómenos experimentados. Vivimos en un universo participatorio, sin sujetos y objetos absolutos. Con este énfasis principal en la naturaleza ilusoria tanto de la realidad de la vigilia como la de los sueños, los budistas tibetanos formularon un sistema de enseñanzas llamado "yoga de los sueños" hace más de mil años, el cual usa el poder de los sueños lúcidos para deshacer las ilusiones y abrir una puerta a la iluminación. 

Esta es otra de las particularidades de los sueños que son difíciles de explicar desde una perspectiva materialista evolutiva: tenemos la capacidad de darnos cuenta de que son sueños y seguir soñando, cobrar lucidez. Cuando esto ocurre el individuo pude hacer todo tipo de experimentos sobre la naturaleza del espacio onírico (y de hecho algunos experimentados soñadores lúcidos los hacen). El sueño provee un escenario inicial para explorar la naturaleza ilusoria de la realidad; una investigación que luego puede trasladarse al plano de la vigilia. El resultado del experimento, en el flash del conocimiento, es el despertar en un continuum más allá del sueño y la vigilia. 

El budismo tibetano enseña que de la misma manera que los sueños aparentan ser reales mientras seguimos soñando, la realidad también aparenta ser real solamente mientras tenemos una percepción ilusoria de la misma. Se cree que de la misma manera que nuestras experiencia despiertas afectan el contenido de nuestros sueños, las experiencias que vivimos en los sueños pueden afectar nuestra experiencia en la vigilia. Por ejemplo, una pesadilla puede afectarnos después de que hemos despertado creando una serie de emociones negativas, tensiones y una influencia inconsciente en nuestro estado mental despierto. Nuestro dualismo es tal que los dividimos tajantemente, como si fueran dos mundos cerrados y separados el uno del otro, generalmente identificándonos con la vigilia, la cual arbitraria y convencionalmente designamos como real (y los sueños como irreales).

En sus enseñanzas orientadas a la iluminación o la liberación, el budismo mahayana considera que el entendimiento de que todos los fenómenos son ilusorios (son como sueños) es la perspectiva correcta que produce lo que llama bodhicitta absoluta, literalmente la mente del despertar, igual al Buda. 

El maestro budista Dzigar Kongtrul hace un comentario a uno de los eslogans del lojong en su libro Intelligence of the Heart:

Los eslogans de la bodhicitta absoluta nos dan un método paso a paso para entender la vacuidad en niveles progresivamente más sutiles. Este eslogan nos pide que observemos las características de nuestros sueños y veamos lo que tienen en común con nuestra experiencia en la vigilia. Los sueños sólo ocurren bajo ciertas condiciones. Sólo podemos experimentar un sueño cuando estamos dormidos. Esto significa que los sueños no existen "allá afuera" por su propia cuenta. Sólo aparecen cuando una persona entra en un estado mental particular. Esto es bastante obvio en el caso de los sueños, pero, ¿cuándo se trata de nuestra experiencia despierta? Cuando estamos dormidos, nuestros sueños nos afectan y convencen de su realidad porque no nos damos cuenta de que estamos soñando. Similarmente, cuando estamos despiertos, estamos convencidos de que las cosas son reales porque no nos damos cuenta de que estamos malinterpretando lo que estamos percibiendo. De la misma manera que los sueños son una función de nuestro estar dormidos, los fenómenos diurnos son una función de nuestra falta de entendimiento. Durante el día tenemos varias percepciones que consideramos como "realidad". Por ejemplo, vemos una mesa. Pero nuestra experiencia de la mesa no está basada en ver lo que está ahí. Está basada en ver lo que pensamos que está ahí. Vemos la mesa como un objeto inmutable. Aunque estamos conscientes de que en algún punto la mesa envejecerá y eventualmente será destruida, vemos la mesa de hoy igual que la mesa de ayer o la de mañana. Pero esto no es verdad. Para que la mesa envejezca debe cambiar cada instante. Al darle a este fenómeno, que es un cambio continuo, el nombre de mesa, estamos tratando de fijar con lenguaje algo que no puede ser fijado. Si una mesa no permanece igual, ni siquiera un instante, siempre se está convirtiendo en un nuevo objeto.

Una de las razones por las cuales el budismo sostiene que la realidad es como un sueño es porque las cosas están vacías de existencia intrínseca, no son substanciales (las cosas están hechas de átomos, pero los átomos no son cosas, son sólo potenciales de energía) y dependen de ciertas causas y condiciones de la misma manera que los objetos de un sueño dependen de ciertas causas y condiciones dentro de la mente del soñador. 

El maestro de la tradición nyingma del budismo tibetano, Thinley Norbu Rinpoche explica la función del sueño en su libro White Sail: "La esencia de la práctica del sueño es ver que los fenómeno de la vigilia tienen las mismas cualidades ilusorias de los sueños". Esta práctica tiene dos aspectos, sueños lúcidos dormidos, y sueños lúcidos en la vigilia. En la primera, lo que se conoce simplemente como sueños lúcidos, el practicante del yoga de los sueños entra al sueño sin perder la conciencia --utilizando alguna técnica de visualización y concentración, como puede ser enfocarse en una luz en su corazón. Durante el sueño, consciente, se estabiliza en esa luminosidad y luego disuelve toda su experiencia onírica en la luz: "gradualmente disolvemos sueños positivos y negativos en un espacio luminoso inmaculado", dice Thinley Norbu. Durante el día, el practicante del yoga de los sueños, se recuerda a sí mismo que los fenómenos que experimenta no son reales, tienen existencia independiente. Hace lúcida la realidad, notando su vacuidad. Borges curiosamente entendió esto muy bien, en su ensayo sobre el budismo señala:

En los monasterios budistas uno de los ejercicios es este: el neófito tiene que vivir cada momento de su vida viviéndolo plenamente. Debe pensar: "ahora es el mediodía, ahora estoy atravesando el patio, ahora me encontraré con el superior", y al mismo tiempo debe pensar que el mediodía, el patio y el superior son irreales, son tan irreales como él y como sus pensamientos. 

[...] debemos llegar a comprender que el mundo es una aparición, un sueño, que la vida es sueño. Pero eso debemos sentirlo profundamente, llegar a ello a través de los ejercicios de meditación.

En prácticas de meditación más avanzadas, como las que son parte del dzogchén, el practicante disuelve también el mundo exterior de los fenómenos en el espacio no-dual de la conciencia. Deja de experimentarse como un sujeto separado que experimenta objetos y logra la comprensión de la inseparabilidad de la conciencia primordial y los fenómenos. Este es el misterio de qué el mundo es vacuidad y sin embargo se manifiesta, aparece. El soñador entonces despierta en el sueño, pero no deja de seguir experimentando las apariciones del sueño. Lo que cambia es que éstas ya no le producen angustia, miedo, apego o demás sensaciones, de la misma manera que una serpiente deja de ser percibida como una amenaza cuando descubrimos que era una cuerda. "Si hemos reconocido que todos los fenómenos son la aparición insustancial, abierta y desapegada de la conciencia primordial, entonces, todo se libera", dice Thinley Norbu. Este es el ejemplo primordial de como la verdad libera. Los fenómenos se convierten entonces, desde la mente que se ha reconocido como el soberano del sueño, en gnosis, dicha y gozo estético puro.  Un néctar infinito del cual todo soñador lúcido ha probado una primera gota. 

En resumen, la ciencia moderna no ha logrado explicar la función de los sueños. Pero en el Tíbet, hace alrededor de 1200 años --siguiendo lo desarrollado por el Buda Shakiamuni hace 2500 años--, llegaron a una conclusión que puede iluminar este misterio. Los sueños nos hacen probar cómo la mente puede generar todo un mundo complejo que tomamos como independiente de nosotros mismos. Que podemos engañarnos de tal forma que pensemos que lo que vivimos tiene una existencia intrínseca separada de nuestra propia mente y, como tal, es capaz de generar toda una serie de eventos más allá de nuestro poder, que nos hacen sufrir. Claro, luego despertamos y nos damos cuenta, con alivio, que era sólo una ilusión. Al descubrir que ésta es la naturaleza de los sueños --que no son reales o que no tienen existencia independiente-- es sólo natural que interroguemos la vigilia de la misma manera.

Éste sería el sentido de los sueños para el budismo tibetano y seguramente también para otras tradiciones: que los sueños pueden usarse para descubrir que el mundo también es un sueño, que es una representación teatral de luz escrita y actuada por la mente. Soñar, paradójicamente, tiene la función evolutiva de hacernos despertar.

Twitter del autor: @alepholo

 

¿Qué es la materia y qué el espíritu? A continuación las posturas de un alquimista y un astrólogo sobre estas interrogantes, y más

Luis Silva, alias Vasilius, es un connotado alquimista catalán, además de licenciado en Derecho e inspector de policía local. Ha pasado más de veinte años trabajando arduamente en la búsqueda de la piedra filosofal, sustancia excepcional con la que han soñado los sabios desde hace muchos siglos. Con él hemos conversado para tender un puente entre dos ciencias herméticas hermanas: alquimia y astrología.

Pablo: Es todo un honor poder establecer este diálogo contigo, Luis. Te agradezco de antemano por la buena voluntad que has tenido. No es frecuente que un alquimista y un astrólogo tengan la oportunidad de intercambiar visiones sobre sus respectivos quehaceres, a pesar de que ambas ciencias pertenecen al mismo nicho filosófico. Como astrólogo siempre pongo un gran énfasis en la cosmovisión que sustenta mi práctica, ya que no es posible ejecutar la técnica correctamente si ésta no se encuentra bien arraigada en el paradigma que le da sustento. Sobre esto, creo imprescindible recalcar que una de las razones por las cuales los buscadores actuales se desvían tan frecuentemente por derroteros espurios es justamente la falta de claridad en los principios sobre los que se levanta el edificio de las artes herméticas. Toda praxis es resultado de una teoría, y recordemos que teoría es una palabra griega que significa contemplación. En un sentido platónico, no puede haber una buena práctica sin mantenernos en un estado de contemplación de la Idea. Para la astrología tradicional esto es absolutamente fundamental. ¿Qué me podrías decir al respecto sobre la alquimia?

 

Luis: Gracias Pablo, el honor es mío. Desde luego que esta es una gran oportunidad para conjugar astrología y alquimia desde el punto de vista de la filosofía hermética, un hecho que ciertamente no es habitual. La alquimia y sus hermanas, la astrología y la cábala, se sustentan en principios filosóficos que son sus cimientos desde muy antiguo. Tardé muchos años en descubrir que la alquimia era una rama de la filosofía, especialmente de la filosofía natural. Cualquiera que lea los viejos tratados de alquimia podrá comprobar que los antiguos alquimistas no se llamaban a sí mismos alquimistas, se llamaban filósofos. Por definición etimológica un filósofo es un amante de Sophia, la antigua diosa griega de la sabiduría. La palabra griega filo significa ‘amor a’ o ‘enamorado de’. Pero al tiempo la palabra griega sopho significa también ciencia o arte. Así, un alquimista es un filósofo, un enamorado de la sabiduría que practica una ciencia y un arte llamado alquimia. Y, es más, es un filósofo natural, es decir, un escrutador de los misterios naturales. La naturaleza está llena de secretos y el filósofo alquimista los busca para ser sabio y despertar, para sublimarse en términos alquímicos, para ser cada vez más sutil, más alma; en definitiva, espiritualizarse y descubrir que es mucho más que ego y materia sensible.   

 

Pablo: Una de las cosas que me llaman mucho la atención es la posibilidad de complementación, pues mientras la alquimia procura hacer sutil lo denso, la astrología tiene como objetivo iluminar el camino del alma en su trayecto por este mundo, a fin de advertirle acerca de los peligros y obstáculos que ha de enfrentar más adelante. Teniendo un mapa previo del territorio a recorrer es mucho menos probable perderse, accidentarse o desviarse. El astrólogo trabaja ofreciendo una lámpara en medio de la oscuridad. En este sentido, los mapas astrales son valiosos porque permiten que uno comprenda que hay cosas cuya ocurrencia no podremos evitar y, no obstante, sí que podremos prepararnos espiritual y moralmente para enfrentar los períodos de adversidad, aprovechando también los ciclos favorables para el fortalecimiento de las propias virtudes. La astrología procura que nos hagamos cargo de la manera en que enfrentamos el destino, mientras la alquimia intenta elevar la propia naturaleza humana; pero ambas operan en el marco de una búsqueda por un conocimiento profundo acerca de la existencia.

Creo que la vida no tiene otro sentido más que buscar la sabiduría, debidamente equilibrada con el amor a Dios y a todas sus criaturas, seres humanos incluidos. Si la astrología va a permitirte desarrollar la paciencia, la humildad, la fortaleza, la fe y la perseverancia necesarias para vencerte a ti mismo, creo que es un regalo de enorme utilidad. Si, por el contrario, te va a volver sombrío y pesimista, es mejor que te alejes de ella. Como la potencia que mueve al Sol, la Luna y las estrellas es la misma que sostiene al alma humana, pienso que tiene mucho sentido mirar hacia arriba para, al mismo tiempo, mirar hacia adentro. La alquimia hace algo parecido, pues trabaja con la materia exterior para purificar el alma en el interior. Sabemos que se trata de un largo trabajo con las operaciones de laboratorio, pero que paralelamente se adentra en el campo del perfeccionamiento espiritual. De allí que sea tan importante mantener a la vista los aspectos filosóficos de las ciencias herméticas.

 

Luis: Decíamos que el verdadero alquimista es un filósofo. Pitágoras (siglo V a.C.) nos trajo la filosofía que heredó de sus largas estancias en Egipto y Persia. El gran filósofo la dividió en tres partes: Lógica, Física y Ética. Bajo el concepto de Lógica, Pitágoras intentó mostrarnos la noción del logos o Dios, definido como una gran inteligencia, una potencia, un dinamismo al que se le asignaron básicamente tres funciones: es creador, ordenador y sustentador del universo. Él mismo mantiene la creación, mediante su emanación, que los antiguos filósofos griegos llamaron pneuma (hálito o aliento de vida, soplo vital o fuego). Este pneuma, fue llamado por los alquimistas "alma del mundo" o spiritus mundi. Es el Espíritu Santo de la religión cristiana, el prana de los hindúes, el chi o el ki orientales, etcétera. Toda la materia tiene en sí su pneuma, su principio motor o animador. A este espíritu motor, integrado en cada materia, los antiguos filósofos griegos le llamaron logoi spermatikoi, es decir, el esperma del logos, la semilla de Dios individualizada en cualquiera de los tres reinos naturales. Es el soplo vital, el alma que no es más que la llave de la vida. Los antiguos filósofos no conciben una materia sin alma, sin su espíritu animador. Ambos, materia y alma, son uno. Es más, para ellos la materia no es más que alma densificada. Hoy, en términos científicos, diríamos que la materia es energía densificada.

Por su parte, el concepto de Física o physis es la naturaleza. Los antiguos filósofos, gracias a la observación, descubrieron secretos que la naturaleza guarda en su seno. Gracias a ello descubrieron, por ejemplo, los cuatro elementos; fuego, agua, aire y tierra, y cómo trabajan creando y transmutando materia; o los tres principios de todas las cosas; azufre, mercurio y sal. El alquimista es fundamentalmente un filósofo natural, un escrutador de los misterios naturales. Es capaz de hacer físico lo intangible, de fijar en una materia concreta el pneuma o espíritu universal del mundo. Vuelve físico o tangible lo metafísico, y con ello puede transmutar la materia. Demuestra que la filosofía natural es cierta. 

Finalmente, la éthos o Ética. Todos los filósofos alquimistas hacen hincapié en que convertirse en un adepto (del latín adeptus, el que ha conseguido) es un donum Dei, un don de Dios; de ahí que los buenos textos clásicos de alquimia hagan referencia a la Ética, al respeto hacia el Creador y al comportamiento ético que ha de regir la vida de cualquier filósofo alquimista.

En alquimia encontramos imágenes que muestran a un estudiante frente a la puerta cerrada que da al jardín de los filósofos, o palacio de Sofía. Suele tener tres cerrojos que se corresponden con los tres conocimientos necesarios para entrar en el Edén: el de la Lógica o conocimiento de Dios, el de la Física o conocimiento de la naturaleza, y el de la Ética o conocimiento de uno mismo. Esas son las tres llaves que nos permiten entrar al jardín o palacio de la sabiduría, y que nos llevan al despertar.             

 

Pablo: Resulta fascinante esa manera de buscar la trascendencia que nos propone la filosofía natural, pues mantiene bien ligado espíritu y materia. Sin embargo, al menos desde la publicación de las obras de Carl Gustav Jung, existe una idea algo distorsionada sobre el quehacer de la alquimia, ya que mucha gente piensa que se trata de una cuestión puramente psicológica e intangible, un trabajo con los sueños y la imaginación. Sin embargo, la tradición hermética nos muestra que a lo largo de la historia los alquimistas han trabajado de forma material en el marco de un laboratorio. En astrología ocurre algo semejante, pues a partir de gente como Alan Leo y del mismo Carl Jung, se empezó a entender el quehacer del astrólogo como algo puramente psicológico, alejado de la concreción temática con la que han trabajado los astrólogos tradicionales desde hace más de dos mil años. Considero que es importante ser transparente acerca de cómo se han hecho las cosas en la filosofía hermética, sin que por ello pretendamos cerrar la puerta a que otras personas hagan algo distinto. Desde luego, cada quien es libre de escoger su propio camino, pero ¿qué puedes decirle a las personas, tras muchos años de experiencia, respecto de la verdadera naturaleza de tu ciencia? ¿Cómo ayudarles a comprender que no hay materia sin espíritu ni espíritu sin materia?

 

Luis: La alquimia es tanto ciencia física como espiritual. A tenor de sus antiguos textos clásicos, el objetivo de esta cienciartis es elaborar la famosa piedra filosofal. Pero está claro que quien la manifiesta en su laboratorio ha desvelado los secretos naturales más importantes y eso le convierte en un sabio. Puede entonces transmutar la materia, convertir el plomo en oro. Pero eso no es lo realmente importante. El alquimista busca su propia transmutación. La ingesta de la verdadera piedra filosofal le ayuda en ese proceso de transmutación personal. Dicen los adeptos que esta medicina influye en el alma, la recarga de su esencia, la hace vibrar y se llega más rápidamente al despertar. La persona se convierte entonces en un alma despierta, en una persona muy inteligente que está por encima de la materia, que puede incluso vivir entre los dos mundos, el material y el espiritual. La propia búsqueda de la piedra es el intento de entrar en el palacio de Sofía del que hablábamos. La teoría se sustenta con la práctica y el propio laboratorio es tanto un lugar de trabajo como de oración. La palabra ‘laboratorio’ ya nos dice dónde hemos de estar realmente: en un lugar de trabajo (labor) y de oración (oratorio). Aunque la alquimia no está vinculada a ninguna religión, los buenos alquimistas suelen tener un pequeño altar en su laboratorio. Los antiguos estoicos ya afirmaron la estrecha unión entre espíritu y materia, no hay el uno sin el otro, son las dos caras de una misma moneda, dos formas de manifestación distintas. Es más, según ellos toda materia no es más que espíritu o alma densificada. Einstein cambió el término espíritu por el de energía o fuerza. No hay fuerza sin materia, ni materia sin fuerza.                     

 

Pablo: En la tradición astrológica ocurre lo mismo, pues el destino del alma se despliega en el mundo físico, por medio de la encarnación en la materia. No es posible vivir en el tiempo, enfrentar el destino, superar pruebas, aprender de las experiencias y corregir el carácter sin la oportunidad que ofrece el cuerpo denso. Vemos que la alquimia también abraza el mundo por sus dos extremos.

Con respecto a la sustancia física, sé que trabajas con el rocío como materia prima. Existen muchas razones para elegirlo por sobre otras materias como el cinabrio, la estibina o la galena. Resulta atractiva la idea de utilizar alquímicamente el agua del rocío o, como poéticamente le llaman algunos árabes, las lágrimas de la aurora. Se dice que la humedad suspendida en la atmósfera durante una noche de luna llena en los meses de primavera recibe toda la influencia de los astros, ese spiritus mundipneuma del que estábamos hablando. En astrología, los días primaverales tienen virtudes notables, especialmente el del equinoccio vernal, pues con el mapa celeste de aquel día se determina mucho del futuro para una localidad específica. A la figura astral de ese equinoccio le llamamos la "Revolución del mundo", y la revisamos con anticipación para saber cómo se avecina el año, a fin de poder prepararnos. Lo mismo hacemos con la carta astral de la lunación inmediatamente anterior a dicho equinoccio. Pero una cosa que me parece fascinante es que en esa misma época, que determina tantas cosas en astrología, ustedes los alquimistas están recogiendo el rocío con vellones colgados, sábanas estacadas y otros artilugios. ¿Qué hay de especial en el rocío como para levantarse a primera hora de la mañana a fregar el césped y estrujar las telas?

 

Luis: Sólo hay que pasar de la potencia al acto. Recoger rocío en estas noches propicias y descubrir por uno mismo que tenemos ante nosotros algo que suaviza mucho la piel y cura rápidamente pequeñas heridas. No es agua corriente y moliente. De muy antiguo se han dado al rocío buenas propiedades dermatológicas. Los antiguos egipcios se paseaban y tumbaban desnudos en los trigales llenos de rocío. Nuestras brujas hacían lo mismo. El rocío recogido en su tiempo propicio es un agua grasa, se puede comprobar perfectamente cuando nos frotamos las manos con ella. Y en esa grasa que el filósofo sabe recoger está fijado el pneuma o espíritu del mundo, eso nos dicen los adeptos. Es la fuerza que recogen las plantas para despertar en primavera de su letargo invernal, y la que atesoran en otoño para soportar el crudo invierno. Si se sabe blanquear esta tierra negra y luego enrojecerla, es motivo de satisfacción para el alquimista. La piedra filosofal está cerca.      

 

Pablo: Retomando el asunto de los tiempos oportunos para la recogida, en astrología tradicional existe una manera de aplicar el arte que consiste en escoger los momentos astrológicamente más propicios para realizar algo con éxito, teniendo las estrellas a favor. Los antiguos le llamaron "Elecciones". Por su parte, a la alquimia también se la conoce como “agricultura celeste”, y ya que toda cosecha posee su momento adecuado, ¿qué crees que pasaría si la recogida del rocío y el inicio de los trabajos de laboratorio se realizara en momentos especialmente escogidos de acuerdo con la afabilidad y benevolencia del cielo? Sería una bella forma de hacer trabajar juntas a estas dos ciencias herméticas, ¿no crees?

 

Luis: Es así, Pablo. Esta fuerza divina universal, imponderable al día de hoy por la ciencia oficial, se manifiesta con más intensidad en las épocas propicias de primavera y otoño, aunque especialmente en primavera, y en las noches de luna llena. Es en esos momentos cuando el rocío está más cargado de ese espíritu celeste. Por otra parte, muchos alquimistas tienen muy en cuenta en sus trabajos los ciclos celestes. 

 

Pablo: Pienso que la influencia celeste es un reflejo de la voluntad divina. Se dice que no es posible alcanzar la piedra filosofal sin la ayuda de Dios. El hombre por sí solo es incapaz de semejante hazaña. La astrología señala que hay muchas cosas que no se pueden concretar si no están signadas previamente en la figura natal, es decir, en la disposición y cualidad de los astros al momento de nacer. En ésta edad escéptica es un poco extraño que personas como nosotros sostengan que el hombre no puede hacer lo que se le venga en gana y salirse siempre con la suya. Quizás nos consideren algo zafados para la época. La cuestión es que en mi oficio no es fácil trabajar desde una perspectiva tradicional, porque por lo general la gente tiene la idea de que siempre que uno se lo proponga, es posible lograr cualquier cosa. En la alquimia también pasa algo similar, pues el artista por sí mismo no puede llevar a cabo la "gran obra". Necesita de algo más. De allí que se enseñe el ora et labora, y no solamente el labora. ¿Qué opinas de esta idea moderna de que las personas hacemos lo que queremos sin que la voluntad de Dios intervenga para nada?

 

Luis: Como decía anteriormente, los filósofos alquimistas tenían muy claro que llegar a ser un adepto es un don de Dios. Hay que ganárselo. En primer lugar, hay que pasar de la potencia al acto, a la manifestación. Toca trabajar. En segundo lugar, tener bien presente que la obra filosofal es una obra de la naturaleza, es ella la que la hace, aunque necesite las manos del artista alquimista. Debe haber también una comunión entre el alquimista y su obra, si el alquimista vibra de amor, su obra vibrará, porque le trasladará su pasión. Respetar al Creador es también fundamental. Aunque la alquimia no es una religión, ni es proselitista, se adapta a la creencia en la existencia de una inteligencia creadora a la que se debe respeto. Sin duda en la "gran obra" interviene la voluntad de Dios. 

 

Pablo: Sí, ese respeto hacia lo divino es un un pilar insustituible. Sin él las cosas empiezan a salir muy mal. Por ejemplo, en el mundo de los magos existen los hechiceros, en el de los astrólogos están los estrelleros, y en el de los alquimistas existen los sopladores. ¿No tiene esto que ver precisamente con la falta de observancia de la voluntad divina, con olvidar la sujeción a ese orden superior en el trabajo hermético? Pienso que a los seres humanos nos falta humildad, sobre todo frente a la Divinidad. Nos hemos vuelto demasiado orgullosos, demasiado arrogantes frente al misterio de la vida. Observo un espíritu prometéico en la modernidad, fruto del pensamiento ilustrado que subrayó tanto el individualismo. Ese exceso nos está asfixiando como sociedad. Tu trabajo, Luis, una quijotada maravillosa, es una manera de mantener viva esa forma de mirar y de vivir, que ponía a Dios y a la naturaleza como ejes centrales en la vida del hombre.

 

Luis: Desde luego, Pablo. Es la eterna lucha entre ego y alma. Pero el camino está claro, siempre es hacia el despertar. Nicolás Valois fue un alquimista del siglo XV. Dejó varias frases célebres, una de ellas viene a decir que la materia ni se crea ni se destruye, tan sólo cambia de forma y de lugar, ley que los científicos aceptaron desde no hace mucho. Pero me quedo con otra de sus frases, mucho más sencilla: La paciencia es la escalera de los filósofos y la humildad la puerta de su jardín. Hay que ser paciente, subir grado a grado en el conocimiento. No es camino de un día. Ars longa vita brevis nos dice un célebre proverbio alquímico. Por otro lado, la humildad es la puerta de entrada al jardín de los filósofos. Hay que ser humilde, pero en toda la expresión del término. Como bien dijo Miguel de Cervantes: la humildad es la base y fundamento de todas las virtudes, sin ella, no hay ninguna que lo sea.

 

Mi agradecimiento a Luis Silva por su tiempo y amabilidad. 

 

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